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Osho: El libro del Hara, capitulo 9, No Hay Ninguna Enemistad Entre Tú y La Existencia, segunda parte

Written by Shiny Demise on . Posted in Osho

Pero vivimos en el tercer centro. El segundo centro está casi ausente, y si está presente no está funcionando, y si a veces fun­ciona lo hace irregularmente. Pero el tercer centro, la cabeza, se convierte en la fuerza fundamental de la vida, porque toda la vida depende de ese tercer centro. Es utilitario. Lo necesitas para ra­zonar, para el sentido común, para pensar. Poco a poco, todo el mundo se convierte en un ser mental; empiezas a vivir en la cabeza.

La cabeza, el corazón, el ombligo… estos son los tres cen­tros. El ombligo es el centro que recibes al nacer, el centro ori­ginal. El corazón se puede desarrollar y es bueno desarrollarlo por muchas razones. También es necesario desarrollar la razón, pero no se debe desarrollar a costa del corazón, porque si se de­sarrolla a costa del corazón, puedes perder la conexión y no po­drás volver de nuevo al ombligo. El desarrollo va de la razón a la existencia, y de la existencia al ser. Intentemos comprenderlo de este modo.

El centro del ombligo está en el ser, el centro del corazón está en el sentimiento; el centro de la cabeza está en el conoci­miento. El conocimiento es lo que está más alejado del ser, el sentimiento está más cerca. Si pierdes el centro del sentimiento será muy difícil que puedas crear un lazo entre la razón y el ser; será verdaderamente difícil. Por eso una persona amorosa se sen­tirá más en casa en el mundo que una persona que vive a través del intelecto. La cultura occidental ha hecho énfasis básicamen­te en el centro de la cabeza. Por eso en Occidente hay una gran preocupación por el hombre. Y esta preocupación se debe a su desamparo, a su vacío, a su desarraigo. Simone Weil ha escrito un libro, The Need for Roots ( La necesidad de Tener Raíces).

El hombre occidental se siente des­arraigado, como si no tuviese raíces. El único motivo es que la ca­beza se ha convertido en el centro. El corazón no ha sido ejerci­tado; está ausente.

El latido del corazón no es tu corazón, sino una función fisio­lógica. Si sientes como late, no lo malinterpretes creyendo que tie­nes corazón. Un corazón es otra cosa. Corazón significa la capaci­dad de sentir; cabeza significa la capacidad de conocer. Corazón significa la capacidad de sentir, y ser significa la capacidad de ser uno, de ser uno con algo… la capacidad de ser uno con algo.

La religión está relacionada con el ser; la poesía está rela­cionada con el corazón; la filosofía y la ciencia están relaciona­das con la cabeza. Estos dos centros, el corazón y la cabeza, son centros periféricos, no son verdaderos centros, sólo son falsos centros. El verdadero centro es el ombligo, el Hara. ¿Cómo se puede alcanzar de nuevo? ¿Cómo se puede realizar? Normal­mente, sólo pocas veces ocurre en raras ocasiones, accidental­mente- llegas a acercarte al Hara. Ese momento será un mo­mento muy profundo, muy estático. Por ejemplo, en las relaciones sexuales a veces te acercas al Hara, porque tu mente, tu consciencia, vuelven a descender. Tienes que abandonar la ca­beza y dejarte caer. En un orgasmo sexual profundo, a veces su­cede que estás cerca de tu Hara. Por eso el sexo produce tanta fas­cinación. Realmente no es el sexo el que te produce una experiencia estática, sino el Hara.
Al descender hacia tu sexo, pasas por el Hara, lo tocas. Pero para el hombre moderno incluso esto se ha vuelto imposible, por­que para el hombre moderno el sexo es una cuestión cerebral, una cuestión mental. Incluso el sexo se ha subido a la cabeza; el hombre piensa en él. Por eso hay tantas películas, tantas novelas, tanta literatura, tanta pornografía y cosas parecidas. El hombre piensa en el sexo, pero eso es absurdo. El sexo es una experiencia; no puedes pensar en él. Si empiezas a pensar, cada vez será más di­fícil experimentarlo, porque no es una cuestión que tenga que ver con la cabeza en absoluto. No necesitas razonar.

Cuanto más incapaz se siente el hombre moderno de profundizar en el sexo, más piensa en él. Se convierte en un círculo vicioso. Y cuanto más piensa en él, más cerebral se vuelve.

Entonces, incluso el sexo es inútil. En Occidente se ha vuelto inútil; algo repetitivo, aburrido. No se consigue nada, simple­mente repetir un viejo hábito. Y finalmente te sientes frustra­do, como si te hubiesen engañado. ¿Por qué? Porque realmente la consciencia no está volviendo de nuevo a su centro.

Únicamente sientes dicha cuando pasas a través del hara. Por la causa que sea, siempre que pasas por el Hara sientes dicha. El guerrero que lucha en el campo de batalla a veces pasa a tra­vés del Hara, pero los guerreros modernos no, porque no son guerreros en absoluto. Una persona que lanza una bomba sobre una ciudad que está dormida. No es un guerrero; no es un luchador; no es un Kshatriya, no es Arjuna luchando.

A veces, cuando uno está a punto de morir, desciende de nuevo al Hara. Para un guerrero que lucha con su espada, la muerte está presente en todo momento, en cualquier momento puede dejar de existir. Y cuando luchas con una espada no puedes pensar. Si piensas, dejarás de existir, tienes que actuar sin pensar, porque para pensar necesitas tiempo; si estás luchando con una espada no puedes pensar. Si piensas el otro vencerá, de­jarás de existir. No hay tiempo de pensar, la mente necesita tiem­po. Puesto que no hay tiempo para pensar y pensar significa la muerte, la consciencia desciende de la cabeza hacia el Hara, y el guerrero tiene una experiencia de dicha. Por eso la guerra pro­duce tanta fascinación. El sexo y la guerra son dos atractivos, y el motivo es este: que pasas a través del Hara. Siempre que hay: algún peligro pasas a través del Hara.

Nietzsche dice: vive peligrosamente. ¿Por qué? Porque cuan­do hay peligro vuelves de nuevo al hara. No puedes pensar; no puedes hacer cálculos con la mente. Tienes que actuar inme­diatamente.

Pasa una serpiente. De repente ves a la serpiente y das un sal­to. No hay un pensamiento deliberado, no piensas: «Hay una ser­piente». No hay un silogismo; no argumentas con la mente: «Aho­ra hay una serpiente y las serpientes son peligrosas, tengo que saltar». No hay un razonamiento lógico como éste. Si razonases de ese modo, ya no estarías con vida. No puedes razonar. Tienes que actuar espontáneamente, inmediatamente. La acción va primero y después va el pensamiento. Cuando ya has saltado, piensas.

En la vida ordinaria, cuando no hay ningún peligro, prime­ro piensas y después actúas. Cuando hay un peligro, todo el pro­ceso se invierte; primero actúas y después piensas. Esa acción que ocurre sin pensar te devuelve a tu centro original, el hara. Por eso el peligro produce tanta fascinación.

Estás conduciendo un coche cada vez más deprisa y, de re­pente, llega un instante en el que todos los momentos son peli­grosos. En cualquier momento puedes perder la vida. En ese momento de suspenso, cuando la muerte y la vida están lo más próximas posible -dos puntos muy próximos y tú estás en el medio-, la mente se detiene; eres impulsado de nuevo al hara. Por eso producen tanta fascinación los coches y la conducción: con­ducir rápido, conducir alocadamente. O cuando estás apostando y te juegas todo lo que tienes, la mente se detiene, hay un peligro. En el próximo instante te puedes convertir en un mendigo. La mente no puede funcionar; eres impulsado de nuevo al hara.

Los peligros tienen su atracción porque, cuando hay peligro, tu consciencia ordinaria del día a día no puede funcionar. El pe­ligro llega hasta el fondo. No necesitas tu mente, te conviertes en no mente. iERES! Estás consciente, pero no piensas. Ese momento es un momento meditativo. En el juego, los que apuestan real­mente están buscando un estado mental meditativo. En el peli­gro -en una pelea, en un duelo, en las guerras-, el hombre siempre está buscando estados meditativos.

De repente, brota la dicha dentro de ti, explota. Te colma por dentro. Pero estos sucesos son repentinos, son accidentales. Hay algo incuestionable: siempre que te sientes dichoso estás cerca del hara. Sobre esto no hay ninguna duda, sea cual sea la causa; la causa es irrelevante. Siempre que pasas cerca del cen­tro original te colmas de dicha.

Estos sutras están relacionados con la creación de unas raí­ces en el hara, en el centro, de una forma científica, planeada, y no accidental y momentánea, sino permanente. Puedes permanecer en el hara constantemente, puede convertirse en tu rai­gambre. El interés de estos sutras se centra en cómo hacerlo y cómo conseguirlo.

Ahora hablaremos del sutra, que es otra de las formas de referimos a este punto o centro.

Imagínate que los círculos de cinco colores de la cola del pavo real fuesen tus cinco sentidos en un espacio ili­mitado. Ahora permite que su belleza se disuelva en tu in­terior. Haz lo mismo en cualquier punto del espacio o en una pared… hasta que el punto se disuelva. Entonces se hace realidad tu deseo por el otro.

Todos estos sutras están relacionados con cómo alcanzar el centro interior. El mecanismo básico que se utiliza, la técnica básica que se utiliza, es intentar crear un centro fuera -en cualquier parte: en la mente, en el corazón, o incluso en una pared-, y si te concentras en él totalmente y apartas el resto del mundo, si te olvidas del mundo y sólo queda un punto en tu cons­ciencia, de repente, serás devuelto a tu centro interno.

¿Cómo funciona? Primero debes entender esto… Tu men­te sólo es un vagabundo, un errante. Nunca está en un punto. Siempre se está moviendo, desplazando, pero nunca está en un punto concreto. Va de un pensamiento a otro, va de A a B. Pero nunca está en A; nunca está en B. Siempre se está moviendo. Recuérdalo: la mente siempre se está moviendo, esperando alcanzar algo que nunca alcanza. ¡No puede alcanzarlo! La propia estructura de la mente es el movimiento. Sólo puede moverse: esa es la naturaleza inherente a la mente. El proceso en sí es mo­vimiento, de A a B, de B a C… siempre moviéndose.

Si te detienes en A o B o en cualquier punto, la mente lu­chará contigo. La mente dirá «Continúa», porque si te detienes, la mente se muere automáticamente. Sólo puede vivir mientras está en movimiento. La mente significa un proceso. Si te detie­nes y no te mueves, la mente de repente se muere, ya no está ahí; sólo queda la consciencia. La consciencia es tu naturaleza; la men­te es tu actividad, lo mismo que caminar. Pensamos que la mente es algo sustancial, por eso es difícil. Creemos que la mente es una sustancia, pero no lo es, solamente es una actividad. Sería mejor llamarlo «actividad mental» antes que mente. Es un pro­ceso, igual que caminar. Caminar es un proceso; si te detienes, el caminar no existe. Tienes piernas, pero no hay caminar. Las pier­nas pueden caminar; si te detienes, las piernas seguirán estando pero; no habrá caminar.

La consciencia es como las piernas, es tu naturaleza. La men­te es como andar, es solamente un proceso. Cuando la conscien­cia va de un sitio a otro, este proceso es la mente. Cuando la consciencia va de A a B y de B a C, este movimiento es la men­te. Si detienes el movimiento, ya no hay mente. Eres consciente, pero no hay mente. Tienes piernas, pero no caminas. El cami­nar es una función, una actividad, la mente también es una fun­ción, una actividad.

Si te detienes en algún punto, la mente luchará. La mente dirá «¡Sigue! La mente intentará empujarte hacia delante, hacia atrás o hacia cualquier lado, de todas las formas posibles, pero «¡Sigue!». Puedes ir a donde quieras, pero no te quedes parado.

Si insistes y no obedeces a la mente – esto es difícil por­que siempre la has obedecido. Nunca has mandado sobre la mente, nunca has sido su amo. No puedes serlo porque en realidad, nunca te has desidentificando de la mente. Crees que eres la men­te. Esta falacia de que eres la mente le da a la mente libertad total, porque no hay nadie que mande sobre ella, nadie que la controle. ¡No hay nadie! La mente misma se vuelve el amo. Se vuelve el amo, pero sólo aparentemente. Inténtalo aunque sólo sea una vez y te darás cuenta de que puedes destruir ese domi­nio; es falso.

La mente es solamente un esclavo que pretende ser el amo, pero lo ha hecho desde hace tanto tiempo, desde hace tantas vi­das, que incluso el amo se cree que el esclavo es el amo. Pero sólo es una creencia. Intenta hacer lo contrario y verás que esa creencia era absolutamente infundada.

Este sutra dice: Imagínate que los círculos de cinco colores de la cola del pavo real fuesen tus cinco sentidos en un espacio ilimi­tado. Ahora permite que su belleza se disuelva en tu interior. Pien­sa que tus cinco sentidos son cinco colores, y esos cinco colores están llenando todo el espacio. Simplemente, imagínate que tus cinco sentidos son cinco colores… bellos colores, vivos, que se extienden en el espacio infinito. Después muévete hacia dentro con esos colores. Muévete hacia dentro y siente que dentro de ti hay un centro donde esos cinco colores confluyen. Simplemen­te, es imaginar, pero ayuda. Imagina estos cinco colores que te penetran y se unen en un punto.

Por supuesto, esos cinco colores confluirán en algún punto, todo el mundo se disolverá. En tu imaginación sólo hay cinco co­lores -como en la cola del pavo real- que se extienden en el espacio, que te penetran encontrándose en un punto. Puede ser­vir cualquier punto, pero el hara es el mejor. Piensa que están confluyendo en tu ombligo, que todo el mundo se ha converti­do en colores y esos colores confluyen en tu ombligo. Fíjate en ese punto, concéntrate en ese punto, y concéntrate hasta que el punto se disuelva. Si te concentras en ese punto, se disolverá, porque sólo es imaginario. Recuerda, todo lo que hagamos es imaginario. Si te concentras en él, se disolverá. Y cuando se di­suelva el punto, serás impulsado hacia tu centro. El mundo se ha disuelto. Para ti ya no hay mundo. En esta meditación sólo hay color. Te has olvidado de todo el mundo; te has olvidado de to­dos los objetos. Sólo has escogido cinco colores. Escoge cinco colores cualesquiera. Este ejercicio es en particular para aquellos que tienen una vista muy sensible, una sensibilidad especial para el color. Esta meditación no le servirá a todo el mundo. Es difícil­ a menos que tengas la mirada de un pintor, que seas cons­ciente de los colores, a menos que te imagines los colores.

¿Has observado alguna vez que los sueños no tienen color? Únicamente una persona entre cien es capaz de tener sueños en color. Sólo los ves en blanco y negro. ¿Por qué? El mundo es de colores y tus sueños no tienen colores. Si alguien recuerda que sus sueños son de colores, esta meditación es para él. Si alguien recuerda que a veces ve colores en sus sueños, esta meditación será para él.

Si a una persona que no tiene sensibilidad para el color le di­ces: «Imagínate todo el espacio lleno de colores», no será capaz de imaginárselo. Aunque intente imaginárselo, aunque piense «rojo», verá la palabra «rojo», pero no verá el color. Dirá “ver­de”, y verá la palabra verde pero no verá el color verde.

Por tanto, si tienes sensibilidad para los colores, intenta usar este método. Hay cinco colores. El mundo sólo es colores y nada más, y esos cinco colores confluyen dentro de ti. En algún lugar del fondo de tu ser confluyen los cinco colores. Concéntrate en ese punto, y sigue concentrado en él. No te apartes de ahí, sigue ahí. No permitas que aparezca la mente. No intentes pensar en el verde, el rojo, el amarillo, y en los colores… no pienses. Sim­plemente, observa cómo confluyen dentro de ti. ¡No pienses en ellos! Si piensas, la mente se está moviendo. Llénate de los co­lores que confluyen en tu interior, y después concéntrate en el punto en el que se encuentran. ¡No pienses! La concentración no es pensar; no es contemplar.

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Shiny Demise

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