Visita mis redes sociales

Osho: El libro del Hara, tercer capitulo, tercera parte

Written by Shiny Demise on . Posted in Osho

Normalmente, todo el mundo coincide en despertarse cuando amanece, porque al salir el sol sube la temperatura. Pero esta no es una norma, hay excepciones. Para algunos puede que sea necesario dormir hasta después del amanecer, porque la temperatura del cuerpo de cada individuo sube a horas dife­rentes, a un ritmo diferente. Cada persona debería averiguar cuántas horas de sueño necesita y a qué hora le conviene le­vantarse, y esa debería ser su norma. Digan lo que digan las es­crituras, digan lo que digan los gurús, no hay que hacerles caso en absoluto.

Para un buen sueño, cuanto más profundamente y más duermas, mejor. Pero te estoy diciendo que duermas, y no que te quedes tumbado en la cama. Estar tumbado en la cama no es dormir.

La regla debería ser despertarte cuando sientes que te con­viene despertarte. Normalmente, esto sucede al amanecer, pero es posible que no te suceda así. No hace falta que tengas miedo no te preocupes por esto, ni que pienses que eres un pecador y tengas miedo de ir al infierno. iHay mucha gente que se despierta pronto por la mañana y va al infierno, y mucha gente que se despierta tarde y está en el cielo! Esto no tiene ninguna rela­ción con ser espiritual o no, pero es indudable que el sueño correc­to sí tiene relación.
De modo que cada persona debe descubrir qué le conviene más. Durante tres meses, cada persona debería experimentar con su trabajo, su sueño y su dieta, y debería descubrir qué re­glas son las más sanas, más pacíficas y más dichosas para él.

Cada uno debería tener sus reglas. No hay dos personas iguales, de modo que no existe una ley común que se pueda aplicar a todo el mundo. Siempre que alguien intenta aplicar una ley común, el resultado es malo. Cada persona es un indivi­duo. Cada persona es única e incomparable. Únicamente él es el mismo, no hay ninguna otra persona como él en la tierra. Por lo que ninguna ley puede servirle hasta que descubra cuáles son las leyes de sus procesos vitales.
Los libros, las escrituras y los gurús son peligrosos porque tienen fórmulas prefijadas. Te dicen que deberías despertarte a una cierta hora, que deberías hacer esto, que no deberías hacer lo otro, que deberías dormir de este modo y que deberías hacer las cosas de aquel modo. Estas fórmulas prefijadas son peligrosas. Está bien que las entiendas, pero cada persona debe encontrar lo que le conviene en su vida.
Cada persona tiene que encontrar su propio camino de me­ditación. Cada persona tiene que andar por sí misma y crear su propio camino para su viaje espiritual. No hay una autopista prefabricada sobre la que puedas caminar; ese tipo de autopis­ta no existe en ninguna parte. El camino del viaje espiritual es como un sendero, ipero un sendero que ni siquiera existe! Lo creas al caminar y dura lo que dura tu camino. Cuanto más an­das, más se desarrollará la comprensión del viaje que todavía está por llegar.
Hay que tener en cuenta estas tres cuestiones: una dieta correc­ta, un trabajo correcto y un sueño correcto. Si la vida se desarrolla correctamente en estas tres cuestiones, entonces hay más posi­bilidades de que se abra lo que yo llamo el centro del ombligo, que es la puerta a la vida espiritual. Si te acercas a esa puerta, ésta se abrirá; entonces sucede algo extraordinario, algo que no has experimentado nunca en tu vida ordinaria.

Anoche, cuando me fui de aquí, llegó un amigo y me dijo:
-Lo que dices está bien, pero hasta que no nos sintamos sa­tisfechos es muy difícil que estemos convencidos.
Yo no le dije nada. Tal vez piensa que llegará a sentirse sa­tisfecho por el hecho de que yo hable de ello, pero está absolu­tamente equivocado y está perdiendo el tiempo. Yo, por mi par­te, hago todo el esfuerzo necesario, pero tú por tu parte debes hacer un esfuerzo aún mayor. Si tú no haces ese esfuerzo, no tiene ningún sentido que yo diga nada.

La gente me dice constantemente que quiere paz, que quie­re dicha, que quiere un alma. Sí, quieres todo, pero en el mun­do no recibes nada simplemente por quererlo. El deseo nada más es absolutamente impotente, no tiene fuerza.
El deseo nada más no es suficiente: la determinación y el es­fuerzo también son necesarios. Está bien que desees algo, pero ¿cuánto esfuerzo haces para obtener ese deseo, cuántos pasos tienes que dar hacia ese deseo, cuánto estás haciendo por ese deseo?

Según mi criterio, la única prueba de tu deseo es el esfuer­zo que haces para satisfacerlo. Si no, no hay ninguna prueba de que tengas un deseo. Cuando una persona desea algo, hace algún esfuerzo para conseguirlo; ese esfuerzo es la prueba de que la persona lo deseaba. Dices que deseas pero no tienes ninguna in­tención de hacer ningún esfuerzo para conseguirlo. No tienes firmeza para conseguirlo.
Para concluir este discurso, volveré a repetir un punto. Os he hablado de tres centros: el centro del intelecto es la mente, el centro de los sentimientos es el corazón. ¿Y de qué es el- centro el ombligo? El ombligo es el centro de la fuerza de voluntad. Cuanto más se activa el ombligo, más intensa se vuelve la fuer­za de voluntad y mejor puedes llegar a tener la determinación, el poder y la energía vital para hacer algo.
O mirándolo al revés: cuanta más determinación tienes, cuanta más energía reúnes para la acción, más se desarrollará tu centro del ombligo. Son interdependientes, están relacionados entre sí; cuanto más piensas, más se desarrollará tu intelecto; cuanto más amas, más se desarrollará tu corazón. Cuanta más fir­meza tienes, más se desarrollará el centro de tu energía interna, la flor de loto central del ombligo.
Y para terminar mi discurso, una pequeña historia.

Un faquir ciego estaba mendigando en una ciudad y llegó a una mezquita. Extendió las manos en la puerta de la mezquita y preguntó:

-¿Me pueden dar algo de comer? Tengo hambre.

La gente que pasaba decía:

-ildiota! Esto no es una casa donde te puedan dar algo de comer. Esto es una mezquita, un templo; aquí no vive nadie. Es­tás mendigando en una mezquita; aquí no te van a dar nada. Vete a otra parte.

El faquir se rió y dijo:

-¿Si no me dan nada en la casa de Dios en qué casa me van a dar algo? Esta es la última casa a la que he venido, y por equi­vocación esta última casa es un templo. ¿Cómo me voy a ir de aquí? ¿Si me marcho, a dónde iré? Después de esta casa ya no queda nada, ahora me quedaré aquí y sólo me iré cuando me hayan dado algo.

La gente empezó a reírse de él:

-ildiota! -le decían-. Aquí no vive nadie. ¿Quién te va a dar algo?
-Ésa no es la cuestión -contestó él-. Si me tengo que ir de la casa de Dios con las manos vacías, ¿dónde llenaré mis ma­nos? Mis manos no se llenarán en ninguna parte. Ahora que he tropezado con esta puerta sólo me marcharé cuando mis ma­nos estén llenas.

Y el faquir se quedó ahí. Durante un año estuvo con las manos extendidas del mismo modo, y su ser seguía anhelando lo mismo. La gente de la ciudad empezó a decir que estaba loco.

-iEstás completamente loco! -le decían-. ¿Dónde crees que estás sentado con las manos extendidas? Aquí no vas a sacar nada.

Pero el faquir no era una persona cualquiera, era especial, y se quedó ahí sentado tiempo y más tiempo.
Cuando había pasado un año, la gente de la ciudad se dio cuenta de que quizá le había sucedido algo porque el aura de su cara había cambiado. Había una especie de brisa pacífica flo­tando en su entorno; había surgido una especie de luz a su alre­dedor, una fragancia. El hombre empezó a bailar. Mientras que antes había lágrimas en sus ojos, ahora tenía una sonrisa en la cara. Había estado casi muerto, pero en un año su vida había vuelto a florecer y estaba bailando.

La gente le preguntó:

-¿Has conseguido algo?

Él dijo:

-Habría sido imposible no conseguir nada, porque había decidido conseguirlo o morir. He conseguido más de lo que de­seaba. Yo sólo deseaba comida para mi cuerpo y he conseguido comida para mi alma también. Quería satisfacer únicamente el hambre de mi cuerpo, pero ahora también he satisfecho el ham­bre de mi alma.

Le empezaron a preguntar:

-¿Cómo lo has logrado? ¿Cómo lo has conseguido?

-No he hecho nada más que poner toda la fuerza de mi voluntad para conseguir mi deseo
-contestó.

»Me dije a mí mismo que si tenía un anhelo, junto con él también debería tener una firmeza absoluta. Mi firmeza abso­luta estaba detrás de ese anhelo, y ahora he saciado mi sed. He llegado al lugar donde hay agua, y después de beber se me ha quitado la sed.

El significado de la determinación es tener la valentía, la fuerza interior y la fuerza de voluntad para hacer algo sobre cualquier cosa que te interese, actuar de acuerdo con lo que crees que está bien y seguir el camino que te parezca correcto. Si no tienes esta determinación, no te podrá suceder nada a través de mis palabras ni a través de las de nadie. Si fuera posible que te su­cediera a través de mis palabras, entonces sería facilísimo. En el mundo ha habido mucha gente que ha dicho cosas muy bue­nas; si las cosas hubiesen sucedido a través de sus palabras, a es­tas alturas podía haber pasado de todo en el mundo. Pero ni Ma­havira, ni Buda, ni Cristo, ni Krishna ni Mahoma pudieron hacer nada. Nadie puede hacer nada a menos que tú mismo estés preparado para ello.­
El Ganges sigue fluyendo, los océanos están llenos; tú no tienes un cubo en la mano pero estás gritando que quieres agua.

El Ganges dice:

-Aquí hay agua, ¿pero dónde está tu recipiente?
Tú dices:

-No me hables del recipiente. Tú eres el Ganges, tienes tanta agua… dame un poco.
Las puertas del Ganges no están cerradas, las puertas del Ganges están abiertas, pero necesitas un recipiente.

En el viaje espiritual, sino tienes un recipiente de determinación no alcanzarás nunca ninguna satisfacción ni contento.
Habéis escuchado mis discursos de una forma tan silenciosa…
Los tres encuentros de nuestro primer día han llegado a su fin y a partir de mañana empezaremos a hablar sobre los otros dos temas. Ahora, después de este encuentro, nos sentaremos para hacer una meditación vespertina, de unos diez minutos.

Debéis comprender dos o tres cosas relativas a la meditación vespertina y después nos podemos sentar a meditar. ¿Os podéis tumbar ahora? ¿Hay suficiente espacio para que los meditadores se tumben? Primero, comprended, y después haremos la me­ditación vespertina. La meditación matinal se debe hacer senta­do. La vida nace, se despierta por la mañana, por eso es preferible meditar sentado. La meditación vespertina se debe hacer tum­bado en la cama, antes de dormir. Después de la meditación puedes dormirte tranquilamente; esto es lo último que debes hacer en el día. La meditadón matinal es lo primero que debes hacer al despertarte, la meditación vespertina es lo último que debes hacer antes de dormir.
Si uno entra apropiadamente en un estado de meditación antes de dormir todo su sueño se transformará. Todo nuestro sueño puede convertirse en una meditación porque el sueño tiene unas reglas determinadas. La primera regla es que el último pensamiento por la noche se convertirá en el pensamiento cen­tral durante tu sueño, y será tu primer pensamiento al despertar por la mañana. Si te has acostado enfadado, a lo largo de la no­che tu mente y tus sueños estarán llenos de rabia. Y cuando te despiertes por la mañana verás que tu primer sentimiento y pen­samiento será de rabia. Lo que nos llevamos a la cama con no­sotros se queda con nosotros toda la noche.
Por eso digo que puesto que tienes que llevarte algo, es me­jor que te lleves la meditación, para que todo tu sueño gire en torno a la meditación, en torno a su paz. Poco a poco, al cabo de unos días verás que los sueños desaparecen, que tu sueño es como un río profundo. Y cuando te despiertes por la mañana de un sueño profundo -profundo por esta meditación vesperti­na-, tu primer pensamiento será de paz, dicha y amor. De modo que debes comenzar el viaje de la mañana con la meditación matinal y debes comenzar el viaje de la noche con la medita­ción vespertina.
La meditación vespertina se debe hacer cuando estás tum­bado, tumbado en la cama. Haremos el experimento aquí tumbados.

Después de tumbarte tienes que hacer tres cosas. Lo pri­mero es que el cuerpo tiene que estar completamente relajado, como si no tuviera vida, suelto, relajado, un cuerpo sin vida. Y du­rante tres minutos tu mente debe sentir que el cuerpo se está re­lajando, cada vez más, más relajado, porque el cuerpo hará todo lo que sienta la mente. El cuerpo sólo es un esclavo, un discípu­lo. El cuerpo expresa lo que sentimos a través de la acción. Si sientes rabia, el cuerpo agarra una piedra y la lanza; si sientes amor, el cuerpo abraza a alguien. Cuando surge el pensamiento en la mente el cuerpo convierte en acción todo lo que desea ser, todo lo que deseas hacer.

Todos los días, cuando surge un pensamiento, vemos el mi­lagro del cuerpo transformando el pensamiento en acción. Nun­ca pensamos en relajarnos; si no, el cuerpo también lo haría. El cuerpo se puede relajar tanto que ni siquiera sepas si existe o no, pero eso sólo sucede después de hacer este experimento du­rante algún tiempo. Tienes que estar relajado durante tres minutos.
Ahora mismo os haré unas sugerencias para que podáis ex­perimentar esa sensación. Cuando os sugiero que el cuerpo se está relajando, entonces sentiréis que el cuerpo se relaja cada vez más, cada vez más… El cuerpo se relajará.
A medida que se va relajando el cuerpo, la respiración se irá calmando. La calma no significa que se detenga la respira­ción, sino que se vuelve más lenta, más tranquila, más profunda. Durante tres minutos debes sentir que tu respiración se va cal­mando cada vez más, la respiración se va relajando… Después, la mente también se irá relajando y tranquilizando. Cuando el cuerpo se relaja, la respiración se calma; cuando la respiración se calma, la mente automáticamente se queda en silencio; estas tres cosas están relacionadas.
Así que primero sentiremos que se relaja el cuerpo y esto hará que se calme la respiración. Después sentiremos que se re­laja la respiración; esto hará que la mente se quede en silencio.
Y luego os haré una tercera sugerencia: ahora vuestra men­te se está quedando vacía y en silencio. De este modo, después de seguir las tres sugerencias durante un período corto de tiem­po, os diré que ahora la mente se ha quedado totalmente en si­lencio. Después, os quedaréis tumbados en silencio durante diez minutos igual que estabais sentados en silencio esta mañana.

Oirás el canto de un pájaro, oirás el ladrido de un perro y muchos otros sonidos… sigue escuchando en silencio. Es como si en una habitación vacía entrara el sonido, resonara y se fuera. No debes pensar por qué estás oyendo estos sonidos; ni debes pen­sar por qué ladra el perro, porque no tienes nada que ver con el perro. No tienes ningún motivo para pensar por qué ladra el perro o por qué te está molestando ese estúpido perro ahora que es­tás meditando. No, tú no tienes nada que ver con eso. El perro no sabe que estás meditando; no tiene ni idea, es absolutamente inocente, está haciendo lo que tiene que hacer. No tiene nada que ver contigo. Sólo está ladrando, así que déjale que ladre. No es una molestia, a menos que tú lo conviertas en una molestia. Se convierte en una molestia cuando te resistes, cuando quieres que el perro deje de ladrar; ahí comienza el problema. El perro está ladrando, tiene que ladrar, nosotros estamos meditando, tenemos que meditar. No hay ningún conflicto entre las dos cosas, no se oponen. Estás en silencio, llegará el sonido del perro, se prolongará y se irá; no es una molestia para ti.

Una vez me estaba quedando en una residencia de un pe­queño pueblo. También se estaba quedando conmigo un líder político. No se lo que sucedió esa noche, pero todos los perros del pueblo se juntaron frente a la residencia y se pusieron a ladrar. El político estaba muy disgustado. Se levantó, entró en mi habitación y me preguntó:
¿Estás dormido? Tengo un problema enorme. He espan­tado a los perros dos veces pero siguen volviendo.
-Si echas a alguien, siempre volverá -le dije. lntentar alejar a alguien es un error, porque siempre creerá que le nece­sitas de algún modo. Cree que le estás echando porque es importante. Los perros no son más que pobres perros. Deben creer que los necesitas de algún modo, que son importantes para ti, por eso vuelven. Además, los perros no tienen ni idea de que se está ­quedando aquí un líder político de que te están ladrando a ti. No son seres humanos; si los seres humanos llegasen a saber que se está quedando aquí un líder político se aglomerarían junto a él. Hasta ahora los perros no se han vuelto tan inteligentes como para aglomerarse cuando llega un líder político. Los perros vie­nen aquí todos los días. Olvídate de esa estúpida idea que tienes en la cabeza de que los perros han venido porque eres tan importante. Ellos no saben absolutamente nada de eso. Y en lo que se refiere a tu sueño, no son los perros los que no te dejan dormir, eres tu mismo. Estás pensando innecesariamente que los perros no deberían ladrar. ¿Qué derecho tienes? Los perros tienen el derecho de ladrar y tú tienes el derecho de dormir. Esto no es contradictorio, pueden suceder las dos cosas a la vez. No hay ningún conflicto ni choque entre estas dos cosas. Deja que los pe­rros sigan ladrando y tú sigue durmiendo. Los perros no pueden decir que no deberías dormir porque tu sueño les molesta al la­drar, y tú tampoco puedes decir que ellos te molestan.
Y le dije:
­-Acepta que los perros estén ladrando y escucha atenta­mente. Deja de resistirte. Acepta sus ladridos. Y en cuanto lo aceptes, el ladrido de los perros también se transformará en un ritmo musical.
No sé cuándo se durmió, pero cuando se despertó por la mañana me dijo:

-No sé lo que me ha pasado, pero estoy asombrado. Cuan­do ya no podía hacer nada tuve que aceptado. Al principio tu idea no tenía sentido -mis ideas no tienen sentido para todo el mundo, y para él tampoco-, pero cuando me sentí absoluta­mente impotente, me di cuenta de que no había ninguna alter­nativa: o me quedaba sin dormir, o aceptaba lo que estabas di­ciendo. Sólo había dos alternativas. Entonces pensé que puesto que ya había prestado demasiada atención a los perros, ahora iba a prestar atención a tu consejo para ver lo que sucedía. Me recosté en silencio, escuché y acepté los ladridos. Después no recuerdo cuándo me dormí, no recuerdo cuánto tiempo estu­vieron ladrando los perros ni cuándo se callaron. He dormido realmente bien.

Por tanto, no te resistas. Escucha atentamente todo lo que tienes alrededor. Esta escucha silenciosa es un fenómeno mila­groso. Esta no resistencia, esta no oposición hacia la vida es la cla­ve de la meditación.

Primero debemos relajamos y después escucharemos en si­lencio en un estado de no resistencia. Apagaremos las luces para que no sintáis la presencia de los demás. Es fácil olvidarse de los perros, pero es mucho más difícil olvidarse de la gente que te rodea.

Trackback from your site.

Shiny Demise

"¡La Revolución de la Consciencia es Ahora!"

Acerca del Autor

Libros recomendados